Diario de  Torremolinos
22/10/2018

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Y lo del marido de AR, ¿pá cuando?

02-08-2018
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Actualidad Noticias Y lo del marido de AR, ¿pá cuando?
Juan Muñoz fue detenido ayer por orden de la Fiscalía por contratar al ex comisario Villarejo para un presunto chantaje. Juan Muñoz es un empresario de la construcción sevillano con 50 cargos en sociedades dedicadas mayormente a la promoción inmobiliaria. Juan Muñoz es, también, ‘marido-de’ Ana Rosa Quintana, una de las periodistas más famosas de España, reina de las mañanas, portada de sus revistas, rostro parlante revenida en sigla AR, señora de todas las tertulias.



La tertulia es el genero periodístico español por antonomasia. En un país en el que si se juntan seis personas en una mesa es posible que coexistan tres conversaciones diferentes, la verborrea nacional encuentra sumidero en toda clase de foros televisados. En estos platos en los que todo el mundo quiere hablar –a veces al mismo tiempo– se ponen en práctica coral el pontificado ético sensacionalista, que es otra forma de denominar al despellejamiento y linchamiento público, especialmente de las personas con problemas con la Justicia.



De la detención –de la que sin duda era una de las noticias del día– no se dijo una palabra en el programa de AR. Y la honda de ese silencio atronador se propagó a Sálvame y otras tertulias y programas. Imaginen qué hubiera pasado si Juan Cruz hubiera sido ‘marido-de’ una diputada o una concejala, una actriz o una deportista, una banquera o una famosa. A buen seguro el asunto hubiera sido desmenuzado y analizado en sus detalles más morbosos, opacos y sospechosos sobre el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué.



Ana Rosa resulta admirable por su capacidad para no pestañear, especialmente cuando Planeta le retira una novela por contundentes pruebas de plagio. El silencio es delator y significativo (decía Martín Luther King que lo que más le preocupaba era el silencio de los hombres buenos). El silencio absoluto es, además, imposible en la era de las redes sociales, pero en televisión basta un pestañeo de Ana Rosa para levantar un viento acallador.



Lo violento de esta afonía repentina generalizada no reside en la culpabilidad de Juan Muñoz –eso lo decidirá el juez– lo que de verdad chirría y da dentera es la saña, el morbo, la falta de rigor, la inquina con la que se tratan habitualmente casos similares. Habituados a que la manada catódica pase por la picota a propios y extraños, el público echa en falta que el clan hable también de una de las suyas, como parafraseando a la señora López, lo del marido de AR, ¿pá cuando?
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